En el universo de Space Chambara la sociedad se ha congregado alrededor de diversos clanes, originados en un principio por la necesidad de especializarse en los campos que ayudarían al imperio a resurgir: militar, mercantil, cultura, tecnología,… Aunque muchos conservan el espíritu de sus inicios, con el tiempo han ido creando un lugar propio en la sociedad y expandiéndose en las facetas que antes no abarcaban.
Hoy quiero presentaros los orígenes del clan Crisantemo cuyo lema “Sereno como el cielo, inmóvil como la montaña.” refleja el cómo este clan ha querido conservar, no solo las tradiciones culturales, sino las leyes que han regido siempre el orden del Imperio.
El clan de Crisantemo ha sido siempre un lago de inmovilidad en mitad del caos, un refugio de la tradición en la vorágine de la modernidad. La creación del clan se establece en el mismo Gran Éxodo, cuando los colonizadores se asentaron en los primeros planetas, como en todos los viajes, era necesario imponer un destino. Pero no puede haber destino sino conocemos, al menos, el origen. Hacía donde se dirigía la humanidad era tan importante como de dónde venía y aquellos que compartían este punto de vista se reunieron alrededor de los viejos símbolos de identidad, y entre ellos la humanidad poseía un signo inequívoco de autoridad, de unidad frente a los enemigos y de honor. Se trataba del símbolo imperial del Crisantemo.
El uso de aquel símbolo fue tenido por una rebeldía cuando Amaterasu señaló a su Avatar y nuevo emperador. Los clanes, que pronto se reunieron alrededor de la nueva dinastía, veían un peligro en aquellos que mantenían los viejos postulados. Todos pensaron que el clan del Crisantemo no parecía dispuesto a que un miembro de una casa menor fuera nombrado Emperador. Pronto se les sacó del error. En los primeros tiempos del Nuevo Imperio nadie defendió con más valor ni más dedicación lo que estaba por forjarse que aquellos que reconocían el valor de lo forjado. Una espada vieja puede servir igual de bien a un nuevo señor, fue el lema del clan del Crisantemo en aquellos días.
Desde entonces, las fuerzas de este clan han crecido enormemente, tremendamente inquietos y profundamente inamovibles en sus ideas. Inciden en inculcar a sus miembros el valor del autosacrificio, el valor indomable, un honor exacerbado y el entrenamiento marcial más completo. Siempre habrá quien luche hasta el último aliento y el clan del Crisantemo se encarga de que sean los suyos quien lo hagan.
Al principio la tecnología fue menospreciada dentro del clan y sus bushi se armaban de la manera tradicional, todo esto cambio en la gran batalla de Kajari Secundus donde, aliados con el clan del Cerezo, se enfrentaron al clan del Hierro para prevenir contra la sobretecnificación de este clan y la ruptura de las tradiciones.
En aquella batalla se movilizaron tres de las seis ejércitos que poseían, cada uno de ellos con 200.000 unidades, contra lo que ellos pensaban que sería un ejército mucho menor. Nada más llegar al sistema Kajari, y sin esperar al Cerezo, el Crisantemo atacó, desembarcando todas sus tropas frente a la capital del Hierro. Así comenzaron el ataque, ignorantes de que sobre sus cabezas las naves Cerezo estaban siendo repelidas con facilidad sobrehumana. Al principio la batalla parecía ir a su favor, los bushi del Hierro retrocedían y se replegaban hasta la ciudad pero era una ilusión. De repente las puertas de la ciudad se abrieron de par en par y comenzaron a salir del interior una enorme cantidad de robots armados con potentes armas de energía, y aparentemente invulnerables ante sus ataques. Del frente empezaron a llegar informes de estas maquinas, aquellos “demonios”, como les llamaban, mataban a sus bushi a distancia con una puntería tan certera como el mejor de los arqueros, y cuando se acercaban valientemente a sus posiciones, desenvainaban unas katanas que brillaban con una tonalidad azulada y que atravesaban sus armaduras como si fueran papel, con una fuerza tal que podía matar a tres hombres de una sola estocada. Los ejércitos del Crisantemo fueron diezmados hasta quedar reducidos solo a unos miles de ellos, no tuvieron más opción que retirarse, no sin antes llevarse del campo de batalla varias muestras de la tecnología del enemigo.
Ya en la nave del joven daymio Kiku Osha, todo eran caras largas y decepcion. Los tres generales solicitaron cometer sepukku por su fallo y falta de previsión. El rostro del daimyo, que mientras le relataban los hechos estaba bajo, se alzó. Lagrimas brotaban de sus ojos. Los 25 samuráis presentes quedaron boquiabiertos, un silencio casi mortal tomo la sala.
- No. – la voz de Osha sonaba como de ultratumba – Vosotros no tenéis la culpa, la culpa es mía, por no saber llevar el clan hacia el futuro.
Sacando del obi su wakizashi se lo llevo al estomago pero cuando iba a clavárselo notó que unas manos le detenían. Al alzar la vista vio a los tres generales que estaban encima suyo, sin dejarle completar tal acto. Osha, en los primeros instantes, forcejeo con ellos e incluso los amenazó con desterrarlos del clan. Momentos después se calmó. Los miembros de las otras casas menores y sus cortesanos le convencieron de que quitarse la vida era otorgarles una segunda victoria a los Tetsu, y que si el moría seguramente su familia lo haría también ya que era el único heredero y, dada su juventud, no había tenido descendencia.
Después de esto hecho y de que Kiku Osha aceptara sus palabras, los tres generales se rajaron el estomago mientras gritaban alabanzas de gloria para el Crisantemo. Los representantes de las casas menores y los cortesanos que habían en la sala, al grito de ¡Larga vida a Osha! cometieron sepuku también ante el asombro de su señor. Emitiendo un desgarrador grito de rabia al ver lo que había ocurrido y golpeando sus ensangrentados puños contra el suelo de madera, concluyó la reunión que los historiadores con el tiempo pasaron a llamar la de los 25 Honores o del Renacimiento.
Tras el grito de Kiku Osha, los guardias entraron en la sala y se quedaron atónitos ante el espectáculo, ante ellos encontraron a 25 de sus representantes muertos y su daimyo ensangrentado de pies a cabeza, arrodillado en medio de la gran sala. Corrieron hacia él y le ayudaron a incorporarse. Después de que las manos le fueran sanadas, Kiku Osha decreto 25 semanas de luto en el clan, una por cada uno de los samuráis que había cometido seppuku por él, y la fecha de la reunión se convirtió en día de luto para el clan.
Aquella desgracia no fue en vano y Osha y el clan se rehicieron. Sus pocos técnicos empezaron a estudiar las armas y robots que se recolectaron en el campo de batalla. Las escuelas de arquería fueron transformadas en academias, donde se instruía en el manejo de armas de energía, a las pocas que mantuvieron las viejas costumbres se les dio permiso para irse con el clan del Cerezo. La producción de varios planetas fue dedicada a la industria de armas y los técnicos adaptaron la tecnología de los robots para crear las primeras servoarmaduras. Los ejércitos se hicieron más numerosos pero las unidades más pequeñas, sus naves pasaron de ser unas meras barcazas de transporte de tropas a ser las mejor preparadas para el combate. Finalmente nació el primer Amateratsu Maru, el buque insignia de la flota, y que ha mantenido ese nombre desde entonces.
Treinta años pasaron hasta que la supremacía en el campo de batalla del Hierro fue literalmente barrida. Un experimentado Osha dirigió personalmente el ataque en la batalla Asagahara. El clan del Hierro, que después de algunas victorias había tomado varios sistemas del Crisantemo, fue sorprendido por la utilización masiva de armas de fuego. Las tácticas que desarrollaron gracias a la mayor movilidad de los ejércitos, esta vez más pequeños y siendo comandados por sus propios generales, los avances en metalurgia que el Crisantemo había llevado a cabo, ya que crearon el triptenio, y la aparición de las legiones imperiales con sus servoarmaduras, hicieron que el crisantemo recuperara el terreno perdido y la guerra se recrudeció.
Fue una época de dolor para el imperio. Durante años ambos clanes lucharon sin cuartel y los planetas eran arrasados a su paso. Todo señalaba que aquello sería el fin, así que el emperador intervino proclamando una tregua forzosa y asignando la Luna de las Embajadas como su terreno neutral. No saldrían de allí hasta resolver sus problemas. Durante meses los jefes de los dos clanes deliberaron, negociaron, formalizaron pactos y los rompieron después. El resto de clanes se mantenían al margen, temiendo las represalias de cualquiera de los dos gigantes bélicos. Pero un día un enjuto monje del clan del Loto, con un extraño mechón plateado en su cabellera, pidió hablar con los dos líderes de clan. Los preparativos fueron impresionantes, alrededor del palacio de la reunión se aglomeraban las mejores unidades de cada clan, esperando una sola señal para romper la tregua. Y pasaron las horas. El nerviosismo crecía, en sus rostros se reflejaba el deseo de que aquello terminara ya. Todos habían perdido algún ser querido en aquella eterna guerra. Muchos no tenían un hogar al que regresar y aquellos que lo tenían sabían que no iban a encontrarlo igual que cuando partieron. Por eso cuando ambos daimyo aparecieron y el monje proclamó que habría paz, todos independientemente del clan al que pertenecieran gritaron de alegría al unísono. No les importaba el precio, ni a que acuerdos hubieran llegado sus líderes. La pesadilla había terminado.
Los planetas en disputa fueron repartidos equitativamente y las represalias prohibidas en cualquier forma. Durante siglos se decía que el aire se congelaba cuando un Kiku y un Tetsu entraban en la misma habitación, pero el tiempo es capaz de curar cualquier herida. Es difícil que algún día lleguen a ser aliados, pues su forma de pensar es diametralmente opuesta, aunque nadie querría estar en su camino si algún día el imperio se encuentra en peligro.

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